
Noticias descatadas del Deporte Almeriense
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
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Todavía hoy, más de 40 años después, se sigue polemizando sobre si Manuel Fraga, entonces ministro del gobierno de Carlos Arias Navarro, pronunció o no, en el transcurso de una conversación con el comunista Ramón Tamames, la famosa frase de “la calle es mía”.
Ha pasado el tiempo, del franquismo ya sólo queda en España el Valle de los Caídos, algunos símbolos aislados y un recuerdo cada día más vago y contaminado por interpretaciones interesadas de la historia.
Sin embargo, el presidente de la UD Almería, cuyo estilo se asemeja mucho a lo que se llevaba por entonces, estuvo ayer a punto de parafrasearlo, de fabricar una versión moderna del ‘la calle es mía’, un tipo “la información es mía” o incluso algo más atrevido, más o menos un “la verdad es mía”.
En su estilo, García Gabarrón, Alfonso, llegó a decir que “mientras yo no diga que hay negociaciones para vender el club, lo que digan los demás no vale nada”, algo que refrendó minutos más tarde de su histriónica rueda de prensa, con un comunicado en el que expresaba textualmente que “cualquier otra información no proporcionada de esta manera no podrá venir nunca de ningún potencial comprador verdaderamente implicado en un proceso serio de compra”: vamos, que al que diga lo contrario que digo yo, no hay que hacerle ningún caso.
Un comunicado en el que también figuraba el siguiente genial titular: “Toda negociación con el Sr. Cortacero es inexistente o está rota en la actualidad”, apuntando la rocambolesca teoría de que algo puede ser inexistente y sin embargo estar roto al mismo tiempo.
Que García Gabarrón nos hiciera ayer retroceder cuatro décadas en el estilo político de este país es algo que sorprende tan poco como el que las notas de prensa de su club encierren figuras literarias de este rocambolesco cariz.
Como decíamos ayer, el presidente del Almería está tan acostumbrado al peloteo, a la lisonja, a la adulación y a la sobada de lomo sideral, que ha terminado creyéndose su propia mentira, la de que todos estamos obligados a darle la razón en todo, a creernos su versión de las cosas por encima de todo y despreciando cualquier otra que no coincida con la suya.
Nada, nada de todo esto me asombra. Tan sólo, si acaso, el que un tipo como Alfonso no haya sido capaz, aún, después de cuatro años, de entender que aquí, mientras éste que habla esté delante del micro, no va a conseguir jamás que comulguemos con ruedas de molino, que dejemos de contrastar otras versiones ajenas a la suya, que abdiquemos de nuestra obligación de dar la palabra a todo el que tenga algo que decir, que abandonemos nuestro deber de informar.
Querido Alfonso, yo siento mucho ser tu almorrana, ser tu pululento granito en el trasero, pero es que, hace 22 años, me hice periodista para informar desde el punto de vista más amplio, no para pasarte la mano amablemente por tu cansado lomo, como hacen tus paniaguados amigos.
Por cierto, recuerdos a don Manuel.




