
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
Me gusta ser comprensivo con los que se equivocan, sobre todo con los que luego lo reconocen y especialmente con aquellos cuyos errores se producen en momentos de máxima tensión. Será porque uno mismo suele tener problemas para reaccionar correctamente en esos momentos y entonces sabe bien lo fácil que es orinar lejos del tiesto en tales situaciones.
Me habría gustado poder ser comprensivo con Valentino Rossi, pero no puedo. No puedo porque, aún a 2.000 revoluciones, las propias y las de la máquina que llevas entre las piernas, con perdón, hay acciones que no se pueden tolerar y echar a un señor de la carretera cuando éste conduce una moto a más de 150 kilómetros por hora puede interpretarse incluso como un intento de homicidio.
Pero sobre todo no puedo perdonarlo porque, una vez efectuada la deposición, un tipo que merezca mínimamente la pena ha de parar, bajarse de la moto y correr hacia el lugar en el que ha dejado tirado al compañero, al rival, al amigo, para ver en qué situación se encuentra. Y si no es capaz de tener ese gesto de humanidad, al menos ha de auto-reprobarse públicamente nada más terminar la carrera, ha de pedir perdón pública y privadamente al pateado.
Pero es posible que ahí tampoco caiga en la gravedad de sus hechos, es posible que necesite media hora para meditar, o una hora para darse cuenta, o quizás un día para entender que no se puede ir por el mundo pateando a los rivales y poniendo en grave peligro sus vidas.
Pero no, Valentino Rossi, ese campeonísimo de la perenne sonrisa nos ha demostrado que no lo es tanto. Si se hubiera bajado de la moto, si se hubiera disculpado en la meta, si hubiera pedido perdón media o una hora después, si lo hiciera ahora mismo, demostraría si no grandeza, al menos sí humanidad.
Pero lo que ha demostrado Il Doctore, a quien el nombre le queda tres tallas grande desde el domingo, es que es fácil ser grande cuando se gana y que lo complejo es ser humano cuando se pierde.
Valentino es Valentino, pero de lo que careció el domingo fue de la valentía que exhibe en sus tarjetas de visita. El domingo, Valentino fue simplemente un cobarde.



