
Los designios de mi propia historia vital van poco a poco rellenando páginas, como si de un libro se tratara y una tras otra, son, la compilación de una vida que es la mía y que el martes noche me llevo a París, al Parque de los Príncipes a presenciar desde la grada el partido correspondiente a los octavos de final de la Champions Leage entre el equipo loca,l París Saint Germain y el Real Madrid.
Lo primero que aprecias, es el enorme despliegue de medios que el propio organizador ha tenido para el encuentro y como gran obra de teatro que se precie, la puesta en escena es inmejorable, el color, el ruido, el ambiente, en si, te hace vibrar y sentir una gran emoción, que al final es lo que esperas de este tipo de acontecimientos. Lo que no puedo entender, es como esos mismos que han sido capaces de organizar evento de tal magnitud, dan cabida en él, a aquellos que pretenden estropearlo, aquellos violentos que nos buscan más que la confrontación y la agresividad, por y para hacer daño y que enturbian el evento deportivo como tal.
La aparición el martes de numerosas bengalas en el estadio, todas en la grada situada donde colocan a los seguidores ultras del PSG y en reiteradas ocasiones, me trajo al recuerdo aquella desafortunada tarde en el campo del Español de Barcelona, aquel 15 de marzo de 1992 es una fecha que difícilmente olvidaré, ese día yo con la bisoñez propia de mi edad disfrutaba ilusionado de una nueva jornada de liga, el partido Español Cádiz que se disputaba en el viejo campo de Sarriá, no estaba entre los destacados , ya que el plato fuerte era el encuentro que disputarían en el Calderón, el Atlético y el FC Barcelona, pero sin embargo fue, este primero, el que marcó aquellas fechas.
Llegaba un Cádiz con Kiko y Quevedo como principales estiletes y el Español de los rusos Kutnesov o Moj, además de Pizo Gómez mítico jugador de Osasuna, que ficharía a final de esa temporada por el club Atlético de Madrid. El partido era de los que llamamos caliente , en lo deportivo, ya que ambos equipos luchaban por alcanzar la tercera plaza por la cola, que en aquella época deba la posibilidad de jugar la promoción frente a los equipos de segunda clasificados tercero y cuarto , y que daban una última oportunidad para no descender.
Aquel día, Guillem Lázaro, un joven de apenas 13 años, iba por primera vez a un campo de fútbol para presenciar junto a sus padres y hermano pequeño el partido, lo que parecía que iba encaminado a una agradable jornada familiar finalizó en tragedia cuando una bengala impactó en el pecho de Guillem y acabó con su vida. Porque aunque ahora nos parezca increíble, en ese momento la liga permitía introducir bengalas, y no existían medidas de seguridad en el acceso de los estadios, este hecho supuso un antes y un después en la aplicación de la norma que prohibía el lanzamiento de cohetes en un estadio de fútbol. En aquel caso, la Justicia culpó al club catalán por no haber impedido que la persona entrase al estadio con la bengala y tuvo que indemnizar a la familia de la víctima con 35 millones de las antiguas pesetas.
Afortunadamente en España hemos sido estrictos con este tema, esperemos que los que en Europa mandan en el fútbol lo hagan también, y no tengamos que lamentar algún hecho similar, y no se quede la sanción en el cierre por algún partido o simplemente con algún trámite económico, sino que modifiquen de forma radical la normativa sobre este tipo de hechos.





