
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
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Llamadme agorero, si queréis, pero no me gusta la pinta del Almería. Y es una pena, porque hace apenas un mes, el equipo parecía estar muy bien encarrilado, sino a luchar por cotas mayores que la permanencia, como entre bromas y sueños alguno nos atrevimos a decir, sí al menos para verse como se ven ahora los Albacete, Reus y compañía, en una deliciosa y dulce tierra de nadie, que quién la pillara.
Y digo que no me gusta porque detecto en él detalles que, a los que ya hemos olido el perfume del césped desde hace alguna que otra década, se nos dibujan pasadas y no demasiado agradables experiencias, que terminaron en drama, cuando no en tragedia.
Escuchar al entrenador hablando de “los de fuera del fútbol” sin concretar si se refiere a quienes están fuera del rectángulo, pero dentro del club o a quienes lo miran desde la barrera; ver a jugadores que se dedican a exhibir y hacer alarde de comportamientos no demasiado ejemplares y ortodoxos de sus vidas privadas, contemplar cómo al técnico se le descuelgan a pares jugadores que en algún otro momento han sido absolutamente fundamentales y que ahora tan sólo ven sus nombres en las listas de convocados cuando las bajas apabullan a la plantilla; o descubrir ahora entre los que tienen minutos de calidad a quienes parecían desahuciados son antecedentes que, en otras ocasiones, hemos visto convertirse en rotundos fracasos, cuando las luces de la temporada se han apagado en los estadios.
El Almería mastica, en estos días, su enésima crisis de la temporada. Una crisis marcada por un juego apático y desnortado, por una alarmante tendencia a la baja, justo en el momento de la temporada en la que los parias de la clasificación se unen en la tendencia al crecimiento; y por una apariencia de desunión que, de ser real, sólo puede ser preámbulo de un desastre de proporciones aún por calcular.
En un club cualquiera, el presidente agarraría los mandos y empezaría a tomar decisiones antes de que fuera demasiado tarde, comenzaría a hacer notar que hay un mando, una dirección, un patrón en el barco. En el Almería, pensar en ello es casi vivir de ilusiones.
Hoy en día, cuando los problemas se acumulan hasta parecer hacer estallar las paredes de la casa rojiblanca, si alguien viera aparecer por allí al presidente, seguramente se llevaría la impresión de que o se ha reproducido alguno de esos milagros de Semana Santa hace dos mil años por estas fechas, o que ha descuidado las dosis razonables de torrijas al vino tinto.




