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VÍDEOBLOG #Minuto92: La esperanza de que esta pesadilla termine lo antes posible

Noticias descatadas del Deporte Almeriense

El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru

VÍDEOBLOG #Minuto92: La esperanza de que esta pesadilla termine lo antes posible, por Víctor J. Hernández Bru.

No cabe duda de que los almerienses somos gente con mucha paciencia. Desinterés por las cosas, le llaman algunos. Falta de pasión, otros. En positivo, yo lo llamaré paciencia. Una paciencia larga y amplia, aunque no infinita, como demuestra el hecho de que ya no queda casi nadie que siga comprando la mercancía averiada de que Turki Al Sheikh, un alto y multimillonario dirigente de una monarquía teocrática y totalitaria haya venido aquí a Almería a regalarnos duros a cuatro pesetas; y que su ‘monaguillo’, Mohamed El Assy, sea un simpático y apuesto joven que está entregando su vida por hacer un gran proyecto deportivo, a pesar de que es mucho más fácil encontrárselo en El Bribón de la Habana que en las oficinas de la UD Almería.

El otro día, mi amigo Paco Navarro me pasó una captura de redes sociales, en la que un señor al que no conozco afirmaba que “al final, Víctor Hernández Bru llevaba razón, una vez más. Menuda cátedra cada semana con los videoblogs, pero mejor llamarle antialmeriense, es más cómodo que enfrentar la realidad del equipo”.

Más allá del agradecimiento por el comentario, más en nombre del equipo de profesionales y colaboradores que integramos Marcador Radio Almería que a título personal, la realidad es que ahora resulta cómico, cachondo, una broma demasiado simple, una gran tomadura de pelo, el que estos señores hubieran tratado de convencer a la ciudadanía, incluso convencido a algunos, de que los señores El Assy y Turki son más almerienses que El Cañillo y la Alcazaba juntos, mientras que nosotros, los que nacimos aquí hace más de medio siglo, que hemos hecho kilómetros por un tubo siguiendo a los equipos de nuestra tierra, que nos hemos gastado la pasta en entradas, abonos y desplazamientos, que hemos sufrido y llorado, celebrado y saltado de alegría, somos una pandilla de antialmerienses.

No hacía falta, no, ir a Cambridge ni a Harvard, para captar rápidamente que todo esto no era más que la versión oriental de la habitual dialéctica populista versión futbolera, de quien pretende esconder sus miserias enfrentando a quienes las sufren entre sí. No hacía falta ser catedrático en Oxford ni astronauta en Cabo Cañaveral para entender que no se puede dirigir un club desde los garitos nocturnos; que no es posible llegar y de repente querer ser más listo que quienes llevan toda la vida en esto de la pelota y el césped; convencer de que, en dos días, uno se convierte en el principal experto internacional, capaz de descubrir a todos los talentos que se les escapan a quienes nacieron con un balón y llevan décadas estudiando el mercado.

Todo era una trola, una filfa, una patraña más bien infantil, que no podía acabar bien. Y ahora, el equipo de los almerienses se arrastra por los terrenos de juego mendigando un puesto en el play off, a pesar de que el pasado año, estos señores se gastaron en él 52 millones de euros, consumiendo el tope salarial de dicha temporada y también el de ésta, para convertir al plantel en el peor del campeonato y casi de la historia y para, tras el descenso, tener que tragárnoslo de nuevo un año más.

Yo, ahora, ya no estoy indignado; ni mucho menos sorprendido. Y ojo que soy perfectamente consciente de que ni soy más listo que nadie ni entiendo un pimiento de este deporte. Yo ahora estoy sereno, viendo cómo lo que era evidente ha terminado pasando, porque sólo se trataba de quietarse la bufanda de los ojos.

Estoy sereno; sereno y esperanzado en que lo que nos viene ahora sea mejor que lo que hemos pasado, en que el club se venda y venga un grupo de gente que de verdad se apasione con un proyecto deportivo y no con los garitos, los restaurantes caros, los chalecitos y los coches de alta gama. Puede que no sea así, lo sé, pero creo que, para quienes hemos estado viendo y viviendo todo esto que nos ha pasado sin dejarnos cegar por las vanas y pueriles promesas de quienes se han aprovechado de esta tierra, sólo nos queda la esperanza de que esta pesadilla termine lo antes posible.

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