Noticias descatadas del Deporte Almeriense
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
VÍDEOBLOG #Minuto92: Historia de un mal rato: hay que limpiar de bocazas y de violentos las gradas del fútbol base, por Víctor J. Hernández Bru.
Me vais a permitir que hoy hable de mí mismo, de algo vivido en primera persona. La historia de un partido de fútbol base, de niños benjamines que juegan por divertirse y por ilusionarse con que, en el futuro, serán Lamine Yamal, Cristiano Ronaldo o Messi. La historia transcurre este sábado en el Campo de Los Molinos, pero me temo que podría trasladar el escenario a muchos campos, no sé si la mayoría. De hecho, según he podido saber, ese club tiene un protocolo para castigar a los padres que no saben comportarse. Me alegro. Pero hay que activarlo y hacerlo llegar a los tristes protagonistas de este artículo. Y repito, esto seguramente es extrapolable a todos los clubes.
El partido era un partido normal, con un árbitro que era un chaval seguramente menor de edad, que tenía para él solo un campo de fútbol 7 que escudriñar a la búsqueda de infracciones: una tarea absolutamente imposible.
Era una soleada mañana de fin de semana, con todos los condicionantes para poder disfrutar. Y en la grada, un grupo de padres del equipo local que, desde el minuto 1, no se dedican a otra cosa que a increpar al jovencísimo árbitro que, por cierto, bajo mi humilde punto de vista, no lo hizo nada mal. Pero esto es una opinión particular que carece de importancia en este caso.
El partido va transcurriendo y el tono va subiendo poco a poco e incluso se traslada al campo, donde a algunos de los pequeños del equipo local se les ve perder los nervios y protagonizar acciones feas, como entradas duras o manotazos en la cara. En una de ellas, una madre lo recrimina y uno de los bocazas salta como un energúmeno encaminándose a la madre que había recriminado la pequeña agresión, al grito de “¡ése es mi hijo y a mi hijo no se le dice nada!” El resto de padres locales evitan que energúmeno en cuestión llegue a la zona de grada que ocupaba la madre que era diana de sus increpaciones.
A partir de ahí, es el colegiado, el niño encargado de dirigir el encuentro, la víctima de las burradas de los padres locales y también de alguna por parte visitante, cuyo equipo es La Cañada. En una de las acciones, otro bestia, ubicado en la zona de fondo y vestido con la camiseta de un equipo de Primera División, comienza un concierto de salvajadas y estupideces contra el joven árbitro, que provocan la respuesta de un fotógrafo que estaba a su lado. El gritón se increpa también con el fotógrafo y tiene que mediar otro padre.
Algunas madres de chavales locales lamentan la situación, pero sin levantar la voz, como con miedo: “Es una pena que con lo bonito que está el partido, pasen estas cosas”.
Es esta última frase la que me lleva a escribir estas líneas: la situación es que cuatro sujetos que no saben comportarse, que deben ser muy buenos en sus trabajos porque ponen el listón al 100% a un joven chaval que está echando la mañana de sábado soportándoles, por tal de que sus hijos tengan un árbitro para que puedan jugar, mientras que el resto de padres lamentan en silencio el penoso espectáculo y ejemplo que están recibiendo los chicos, sin que nadie se atreva a decirles a dichos padres que donde deberían estar es haciendo trabajos para la comunidad, a ver si aprenden de una puñetera vez a comportarse, con la edad que tienen.
¿Y esto quién lo tiene que arreglar? ¿Los clubes? ¿La Federación? ¿El Ayuntamiento que es propietaria del terreno de juego? ¿Las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado? Pues no lo sé, pero desde luego que yo no me voy a quedar callado. El deporte no es esto. Esto es justo lo contrario de lo que es el deporte y a esa gentuza que lo mancha hay que hacerles sentirse rechazados y, si no, echarlos directamente de la grada. Los violentos, los bocazas, los que se aprovechan del anonimato para acosar a los jóvenes árbitros, o a los niños, a los padres rivales o a quien sea, tienen que sentir el rechazo social. Y sí, se puede hacer. Hace falta que a los demás, que somos la mayoría, se nos quite el miedo a ponerlos en su sitio. ¿Nos animamos?




