RadioBlog: Minuto 92

La flauta de Soriano

El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru

Si para algo ha servido el partido del pasado domingo, en Cádiz, ha sido para que yo cambie mi opinión acerca de Fernando Soriano. Hasta el sábado, para mí Soriano era el culpable principal, junto al presidente, de a situación del club y del equipo; y desde la conclusión del encuentro, para mí Soriano ya no es culpable sino víctima.
Dijo Soriano, en sala de prensa, que no sabe cómo se saca al Almería del descenso. Y me lo creo; vamos, es evidente. De hecho, desde que Soriano llegó al banquillo del Almería no ha hecho sino soplar por el agujero de la flauta, a ver si lograba que sonara.
Y no le suena. La flauta de Soriano está tan muda como Zeppo, el de la bocina de los hermanos Marx, que tan bien imitan Fernando y Alfonso, el más peligroso dúo cómico en la historia del Almería.
El domingo, los planteamientos de Soriano fueron un auténtico despropósito. Para empezar, dio entrada a los dos últimos jugadores en llegar, con apenas cuatro entrenamientos y tras meses sin competir, en el mejor de los dos casos. Para continuar, se dejó en el banquillo a los dos pichichis del equipo, Puertas y Quique González, y al que sin duda es el único futbolista de la plantilla capaz de dar luz al juego, Pozo.
Y lo más descabellado de todo fue la entrada en el once, por segunda vez en la liga de Miguel Corona, que demostró una vez más dos cosas: que es un pedazo de profesional que hace lo que le dice su jefe sin rechistar; y también que no está en condiciones hoy por hoy de afrontar un partido de Liga de Fútbol Profesional.
Y para colmo, cuando el partido estaba de cara al Almería, con uno más y el Cádiz aflojando, en lugar de poner en el campo a Pozo, dio entrada a Dimanka, que ha tenido más oportunidades que el Platanito y que, una vez más, fue decisivo en la derrota.
Y claro, la flauta no sonó. Pero es sólo una vez más. Hace una semana la flauta se llamó Juanjo Expósito, suplente toda la liga y titular en Reus; antes lo fueron Fran Vélez, Trujillo, José Ángel Jurado y tantos y tantos, en general, con bastante poca fortuna musical.
Y el gran problema es que ése es el Almería: un equipo que juega a la casualidad, que echa a la Lotería en cada partido, que lo fía todo al bingo, a las cartas, al juego del trilero. El Almería es, hoy, como uno de esos desesperados padres de familia que se han jugado la hipoteca en una timba y ahora pide prestado para jugar a la ruleta rusa, a ver si logra rehacerse.
Y mientras tanto, Alfonso García, el artífice de todo esto, observa orgulloso cómo sus conejillos de indicas, sus ratoncillos de laboratorio se juegan la paga mensual al póker, ignorando que ése es el dinero con el que él mismo habría de salvar su vida, la vida del club en el que él un día invirtió.

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