
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
Si no me fallan los cálculos, que podrían fallarme perfectamente, la Liga acabó el pasado sábado, el domingo se descansó porque es el día del señor; y desde el lunes, ¿alguien ha percibido algún signo de vida en el interior de la entidad rojiblanca?
Mientras el resto de equipos de la categoría se mueven, empiezan a renovar, ya saben quién va a ser su entrenador, tienen claro desde hace meses quién dirigirá la política deportiva e incluso anuncian algún que otro fichaje, en el Almería aún no sabemos ni siquiera si Alfonso García ha vendido o no el club.
El rumor está en la calle. Si en la UDA hubiera un mínimo de actividad cerebral, al menos se habrían molestado en confirmarlo o desmentirlo. Pero esto es el Almería, un club en el que el tiempo discurre a un ritmo muy diferente a como sucede en el resto.
Aquí no hay prisas, aquí el ritmo de vida caribeño ha secuestrado el club y todo se hace piano, piano, que se arriba lontano. Tan lontano que este año y el pasado hemos estado a punto de arribar hacia ese inóspito territorio que está fuera de la Liga de Fútbol Profesional.
Uno se cansó ya hace mucho de tratar de explicarse por qué las cosas van tan incomprensiblemente lentas en el Almería, por qué se tarda más que nadie en firmar un entrenador, por qué hay alguien que disfruta con la indefinición de no saber ni siquiera quiénes conforman la parcela deportiva, por qué no se renueva a los jugadores cuando aún es posible hacerlo, por qué fichamos siempre lo que queda en el mercado cuando todo el mundo ha elegido ya, por qué cuando todo el mundo hace balance, explica planes y se pone manos a la obra, aquí lo que pasa es que nos cruzamos plácidamente de brazos hasta ver qué ventaja son capaces de conseguir nuestros rivales sobre nosotros, en ese tiempo que les regalamos gentilmente.
Alguien en el Almería se debió quedar atascado, de pequeño, en la fábula de la liebre y la tortuga; tanto que, cada año, nos castiga ofreciendo a los demás equipos de la categoría esa sustanciosa ventaja, a la espera de que nosotros, tortugas rojiblancas, seamos capaces de enjugarla con el paso del tiempo.
Muy bucólico y pastoril todo.




