
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
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Se empieza por llamar hijoputa al árbitro, que son cosas del fútbol; se sigue tirando bolas de papel, latas o almohadillas al campo, que tampoco pasa nada; se continúa con una tángana entre padres e hijos, porque es difícil controlar la tensión; y se acaba saltando al campo con una pistola en la cintura.
Desde que el fútbol es fútbol, y no digo deporte sino fútbol, a pesar de que sé que hay otros deportes donde pasan cosas parecidas, que no iguales, el fútbol lo ha justificado casi todo: insultos, amenazas, desprecios, silbidos e incluso agresiones.
Un grupo de gentuza a la que no admitiríamos en la propia cárcel, a quienes prohibiríamos el derecho de admisión en la peor de nuestras pocilgas, viaja casi en clase VIP por formar parte de la afición de un club o de una selección.
Nadie en su sano juicio se pondría a insultar a gritos al cajero del banco, ni aunque la entidad se hubiera equivocado cargando en nuestra cuenta un millón de euros, pero todo el mundo ve normal que lo hagamos con un colegiado por el hecho de que ha errado en un fuera de juego.
Y claro, a base de permitir, de tolerar, de justificar, como nadie sabe muy bien dónde está el límite, entonces llega un día en que un energúmeno asesina a un niño con una bengala en un campo de fútbol, otro animal se lía a golpes hasta provocar el infarto de un agente público o a otro le da por echar al río a un rival medio cadáver.
Entonces a todos se nos pone el orificio muy pequeño, vamos, que ni el pelo de una gamba, nos llenamos de compasión y otros sentimientos coyunturales y efímeros y nos acercamos mínimamente a un comportamiento racional.
Pero claro, al día siguiente, cuando a nuestro delantero no les señalan un penalti claro o a nuestros hijos les hacen una entrada dura, volvemos al insulto, a la amenaza o incluso a sacar los puños. Sinceramente, si tuviéramos una pistola en el coche, como el tarado ése del presidente del PAOK, ¿no la echaríamos al cinturón, en uno de esos momentos de tensión?




