RadioBlog: Minuto 92

Érase una vez

El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru

Érase una vez un empresario, un alto directivo, un presidente de club, un jefazo, no sé, ponga el oyente el cargo que quiera, que ya sabe lo que quiero decir, que vivía rodeado de ávidos cazadores de prebendas.

La vida de nuestro protagonista se movía entre negocios, inversiones, comidas de empresas, reuniones de alto nivel y decisiones de alta repercusión económica.

Apenas tenía tiempo para nada, ni siquiera para asumir toda la carga y responsabilidades que debía adoptar.

A su alrededor y alrededor de esa situación, fue creciendo una corte de aduladores y pelotas que no perdían ni un segundo en resaltar ante su jefe lo alto que era, a pesar de que no pasaba holgadamente el metro y medio; lo fuerte que estaba, aunque no pisó jamás un gimnasio ni nada que se le pareciera; lo maravilloso y sedoso de su pelo, pese a lucir una exultante y brillante calva; y lo guapo que era, a pesar de que nunca ninguna marca de ropa interior se interesó por un posado suyo.

Él, como era humano, no sólo terminó acostumbrándose a los halagos, sino que se los llegó a creer. Cuentan que por la mañana podía vérsele desenredándose su inexistente cabello, posando ante el espejo al tiempo que intentaba tensar sus flácidos bíceps, ocultos tras una generosa capa de grasa; e incluso pegando mates en una pequeña canasta colgada a del quicio de la puerta.

Cuando nuestro protagonista daba una orden, todos corrían a ejecutarla mientras por demostrar quién respondía con el piropo más ridículo a tal encargo.

Cuando tenía una idea, sus pelotas de cabecera perdían el trasero por alabar la ocurrencia, por muy pulmoniosa que ésta fuera.

Y cuando tomaba una decisión, nadie se atrevía a cuestionarla bajo ningún concepto; todo lo contrario; llovían las alabanzas y adulaciones a mansalva.

Poco a poco, el imperio que había forjado con su trabajo, se fue viniendo abajo, carcomido por la falta de autocrítica, por la ausencia de evaluación y por la inexistencia de profesionales que asesoraran al jefe en las diferentes áreas que abarcaba su negocio.

Un día, cuando lo hubo perdido todo, sentado en el banco de un parque y frente al pequeño lago que lo regaba, saltó del agua un sapo que se le quedó mirando y le dijo: Fulanito, amigo, qué guapo eres. ¿Te quieres casar conmigo?

El protagonista de nuestra historia, obviamente, le sonrió y le dijo: “Ni de coña. Eres muy feo y muy poca cosa para mí”.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba