
El Almería de Fran Fernández se trajo de Tenerife un punto con el que, atendiendo a la trayectoria del equipo, nadie contaba de antemano. Sin embargo, las sensaciones tras el choque saben más a derrota. Es extraño, pero es lo que tiene e deporte. El personal está contento, mas al mismo tiempo triste.
Contentos porque se sumó un punto. No debemos restar mérito al botín. Es cierto que no hay rival pequeño y que el Almería llegaba con el agua al cuello a Santa Cruz, pero también lo es que el Tenerife se jugaba sus últimas opciones para engancharse al carro de la ilusión por promocionar. Es por ello que hemos de valorar el hecho de no regresar de vacío y, sobre todo, los cuatro de seis puntos que rompen con una dinámica negra.
Tristes porque pudo ser una victoria. Qué bonito hubiese sido dar un zarpazo en la mesa y poner, cuando menos se esperaba, un colchón sobre un Córdoba que se ha estrellado contra su inercia y, más duro aun, un calendario tortuoso y lleno de obstáculos. Qué bonito hubiese sido empezar la semana con la tranquilidad de saber que un tropiezo ante el Granada te mantendría -en el peor de los casos, con seis puntos de ventaja sobre el descenso. Pero tristes, sobre todo, por haber tenido esas dos ocasiones de oro en los compases finales del encuentro y no haber sido capaces de doblegar un equipo que jugó media hora con un jugador menos. Son los sinsabores del que compite, y quiero destacar precisamente eso, la competición.
Esperanzados ante el hecho de que este equipo, por algún motivo que a los mortales nos pasa de largo, parece recuperar la capacidad de hacer cara a sus enemigos en momentos muy concretos. Fran debe tener la varita mágica, o quién sabe qué, para alentar a una plantilla con mimbres pero incapaz. Y es que, mientras él siga haciendo crecer su leyenda, algunos respirarán tranquilos.





