Alejandro Asensio

Cuento de Navidad. Un almeriensista en Almería

El ocaso dio lugar a la oscuridad de aquella noche de un 22 de diciembre. Frío, hacía frío. Las voces se fundían con las luces de Navidad. La calle mostraba esa alegría que solo las épocas de colores son capaces de dar a una ciudad. En las terrazas de los bares, esos lugares donde la gente de Almería es capaz de hacer vida, negocios o reuniones, la tensión se palpaba entre aquellos que querían comer, aquellos que luchaban por  un puesto cerca de las estufas, los que aspiraban a una mesa y los que peleaban por lo que la televisión debía mostrar.

El azar quiso que en esta noche de Navidad, coincidiesen, con una breve variación horaria, los partidos de dos equipos de fútbol. Uno de ellos, el que lleva el nombre de la ciudad protagonista y el otro uno de los que lleva el de la capital de España. Almería y Atlético, en ese orden. Juan se sentó a la mesa junto a sus tres amigos. Entre cerveza y cerveza, y alguna que otra tapa, dieron las 9.

–        ¡Eh, que empieza la UDA! – Dijo Juan con la expresión del que se acuerda de algo que le ilusiona.

El siguiente paso era contactar con un camarero, pedirle el partido y pasar la velada con total normalidad. Sonaba a lógico el hecho de que en un bar de Almería, conocido además por poner el fútbol en sus pantallas, se pudiese ver al equipo que lleva su nombre. Un camarero que pasaba por allí fue la primera víctima.

–        Aquí lo que interesa es lo que la gente quiere ver. – Contestó el chico en un alarde de oralidad.

Juan se sintió como un ñiquiñaque. En la tele podría disfrutarse un encuentro que disputaba el Arsenal inglés contra quién sabe qué otro equipo. Se decidió a buscar otra víctima, en este caso alguien que parecía ser el encargado del establecimiento.

–        Cualquiera les dice a aquellos tres de la barra que no van a poder ver al Atleti. – Contestó sin pudor.

–        Nosotros somos cuatro. – Se decidió a responder Juan con estupor.

Nada parecía hacer cambiar de opinión a aquellos individuos. En ese bar de la calle Real no era bien recibido que un grupo de personas quisieran ver al Almería.

La noche continuó. Juan y sus amigos lo pasaron muy bien. No vieron a su equipo, eso sí, pero lo pasaron muy bien. Fueron felices y comieron muchas tapas. En cualquier caso, Juan recibió una lección que nunca olvidará; no confíes en aquellos que dan la espalda a lo suyo.

Al final, a los pies del cerro San Cristóbal, decidió no hurgar en la herida y volver a su casa sin pararse a mirar a su alrededor; total, Almería es Almería.

 

 

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