
El Radio Blog, por Victor J. Hernandez Bru
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La gran mayoría no lo conocíamos, habíamos conocido su existencia hasta que una persona sin alma decidió robarle su futuro hace dos semanas.
La verdad es que todos, cada uno a su manera, hemos llorado este fin de semana por Gabriel. España, el mundo, Almería y, por supuesto, nuestro deporte, estamos todos de luto y, también quien más, quien menos, nos estrujamos las terminaciones nerviosas a ver si cae de ellas alguna explicación que nos alumbre en la tiniebla en que estos hechos nos han sumido y que nos haga entender cómo es posible tanta ausencia de sentimientos humanos.
No ha nada; nada puede explicar hacer daño a un niño, utilizarlo para dar salida a las más bajas pasiones, odios y contravalores. Nada, en una mente normal, puede explicar lo que nos ha sacudido a los almerienses en estas dos semanas, culminado con el terremoto final de sentimientos que sufrimos a mediodía de ayer, al percibir el nudo central de la diabólica trama.
Como repetí ayer en múltiples ocasiones, ni es día para explicar ni lo es para llevar razón; tan sólo son días para llorar y, en la medida de nuestras ínfimas posibilidades, cada uno hasta que alcancen las suyas, tratar de consolar a Patricia y Ángel, a esos abuelos, a esos tíos y a esas familias que se han visto atropelladas por un torrente de maldades que nadie hubiera podido imaginar, producidas por una mente humana.
A Patricia la conocí hace 18 años, cuando se metió en la piel de Indalete, la mascota de los Juegos Mediterráneos. Ya era una almeriense más y desde entonces no ha dejado de formar parte del paisaje de nuestro deporte: con su vitalidad, con sus ganas de hacer cosas, con su espíritu constructivo, con su imborrable y eterna sonrisa.
A Ángel no tengo el gusto de conocerlo, aunque muchos de mi entorno sí lo hacen. Ayer mojé las mejillas escuchando cómo los compañeros que han vivido la tragedia desde el prisma de la información en estos días, agradecían a ambos el servicio y la actitud amable y constructiva con la que los han atendido en el peor momento de sus vidas.
Para ambos, por desgracia y porque el ser humano sigue escondiendo en lo más hondo de su estructura ese lobo que Thomas Hobbes ya descubrió en el siglo XVII, ha comenzado una nueva vida; qué duda cabe que más triste que la vivida hasta ahora, de la mano desde hacía ocho años de vuestro ‘Pescaíto’.
Insisto, aunque no es el día: sólo tres peticiones: una, que entre todos los arropemos en lo que humilde e ínfimamente podamos; dos, que el pequeño Gabriel tenga urgentemente un lugar multitudinario que lo recuerde cada día a todos los almerienses y que nos recuerde que el ser humano es otra cosa que lo vivido ayer; y tres, que nuestros representantes públicos, aquellos a los que pagamos cada día millones de euros en sueldos, se pongan a trabajar para configurar una legislación, ya sea en caliente o en frío, que haga justicia. Mientras tanto, #todossomosGabriel.



